Re: La verdad y la elegancia / Onagro
Sin duda, la elegancia y la belleza son campo abonado para las imposturas. Sin
ir más lejos, el martes estuve en la inauguración de uno de esos eventos sobre
arte moderno en la calle María de Molina. Y frente a todos esos cortitos o turbios
impostores, la valoración del trabajo científico-técnico nunca es suficiente. Pero
¡ojo!, aunque tampoco muchas, hay más cosas. O a ver si va a ser que, como
oportunamente se ponía de manifiesto hace poco aquí, sólo física=verdad. Me parece
que en lo de la señora Judith Rich Harris, hay algo de eso que antes llamábamos quid
pro quo. Y que además no es únicamente un asunto de palabras. ¿Cómo es eso de
que “la teoría de la mente modular no es bella ni elegante”? En todo caso no lo será el
cerebro real que describe comparado con otro más limpio, ordenado y eficiente –pero
ilusorio– que nos pudiese ofrecer cualquiera de esas ocurrencias mentirosas de tres
al cuarto. Así que la teoría de la mente modular sí que es bella; y lo es, precisamente,
porque, según dice, nos acerca un poco más a la verdad. Rich también escribe:
“De hecho, tengo la impresión de que a mayor profundidad en la explicación, menor
probabilidad de que sea bella o elegante.” Otro igual a la de antes, pues la teoría que
explique y pruebe una profundidad así obligadamente será bella, y también elegante,
aunque la cosa que nos revele sea mucho más deforme y monstruoso que lo que
nos cabía esperar. Incidentalmente, ahí hay un campo de constatación y aclaración
científicas para llegar a aceptar –que en realidad es tener que soportar– el sufrimiento
humano inevitable, que ni les cuento. Además, Rich Harris nos dice: “sin ser poetisa,
valoro la verdad por encima de la belleza.” Yo también, pero no por la misma razón;
no por el antagonismo o, incluso, la mutua indiferencia entre belleza y verdad, sino
porque tengo ésta por condición sine qua non de aquella. Vamos, que la belleza sin
verdad se vuelve fea. Y, un pasito más allá, otro tanto le pasa a la bondad, que si
es mentirosa no es una bondad verdadera, sino falsa, que se malicia. Puede que al
principio esa falsedad te deslumbre hasta parecerte bella, pero si profundizas y la
cotejas con la verdad acabas por verla horrenda. Igual pasa con la navaja de Occam,
si el corte se lleva una parte de la verdad no gana en belleza, sino que la pierde y se
vuelve fea, precisamente por eso, porque ha introducido la falsedad de llevarse una
parte verdadera que no debía. También la presunta belleza de la teoría de Skinner,
por lo que dice, se basó en una sencillez que ahora se ve científicamente falsa, lo que
mitiga su posible belleza anterior.
Sí, John Keats sabía. Si quería ser buen poeta –no diré ya un hombre bueno– estaba
obligado a saber de verdad, y no sólo de belleza. Por lo que le oí en La creación del
mundo y lo que le he leído luego, pienso que a Stephen Vicenzey no le resultaría
descabellado exigir algo así a un poeta.