Re: Quizá volverían / Onagro
Estimado Arcadi Espada:
También yo “creo… que muchos de esos adolescentes elegirían volver sin dudarlo, si eso fuera posible”. Es más, pienso que harían eso aun teniendo claro y presente que permanecer con vida no les iba a resultar tampoco ningún camino de rosas; pues, probablemente, la compulsiva decisión de la mayoría de esos adolescentes que usted comenta está tomada sin siquiera haberle podido dedicar el tiempo que necesita cualquier decisión -digamos- genuina. Vamos, que si hubieran podido evaluar su vida con mayor objetividad, probablemente, no se hubieran dejado vencer por el tormento de la angustia que les hizo caer en la desesperación de quitarse la vida. Y no le digo nada si hubieran llegado a tener el ánimo de leer al Sócrates del norte que precisó esa crucial diferencia entre angustia y desesperación. Y sé también que todo esto no deja de ser, desde luego, una simple impresión mía que estoy muy lejos de poder avalar con nada. Sin embargo, en este mismo sentir resulta incluso común que quienes tuvieron algún papel indirecto en un caso de suicidio guarden en su “yo con [o sin] ínfulas” la profunda convicción de que una simple conversación verdadera de ellos con el suicida hubiera podido cambiar drásticamente las cosas.
En cuanto a lo de que no le conste “que ninguna institución haya hecho una campaña seria, relevante y vigorosa contra el suicidio”, me parece que es lo lógico en una sociedad como la nuestra -y estoy de acuerdo en que tampoco las ha habido nunca mejores-, cómodamente instalada en la mentira de lo políticamente correcto. Y no sólo -que también- porque frente a programas específicos en salud mental, en medicina y psiquiatría, el gobierno prefiera invertir nuestros dineros en cosas tan superfluas como las que surgen de imposturas intelectuales como, por ejemplo, el pacto de civilizaciones. En parangón con lo que inveteradamente bien se sabe para el mero entierro humano de cualquiera -donde todos sirven salvo el enterrador-; ahora me refiero a otra cosa, me refiero al cálido papel de simple acercarmiento humano al futuro suicida, que -salvo el especialista cuando actúa como tal- cualquiera puede siempre desempeñar con éxito. Pero esto último, obviamente, no incumbe ya únicamente al gobierno, sino a la sociedad entera.
Recuerdo que fue Schopenhauer quien subrayó la verdad radical, que normalmente se pasa tan por alto, de que mayoritariamente “la gente prefiere, con mucho, vivir mal a no vivir” y que, por muy mal que vayan las cosas, de manera abrumadora la gente -incluso la más desfavorecida- agradece casi siempre a sus padres que los hayan concebido. Tengo para mí que profundizar en este pequeño descubrimiento del pensador pesimista ayudaría, además de a tomar decisiones individuales –y jamás de unidades colectivas de decisión- más justas sobre cosas tan importantes como la política demográfica mundial, a concretar una educación basada en la búsqueda de la fuerza del carácter, y del coraje consecuente, para aguantarle la mirada a la muerte tiránica; lo que, a su vez, presiento daría armas al suicida para no llevar tan precipitadamente adelante su deseo compulsivo.
Onagro