23 Nov 09

Re: Quizá volverían / Onagro

Estimado Arcadi Espada:

También yo “creo… que muchos de esos adolescentes elegirían volver sin dudarlo, si eso fuera posible”. Es más, pienso que harían eso aun teniendo claro y presente que permanecer con vida no les iba a resultar tampoco ningún camino de rosas; pues, probablemente, la compulsiva decisión de la mayoría de esos adolescentes que usted comenta está tomada sin siquiera haberle podido dedicar el tiempo que necesita cualquier decisión -digamos- genuina. Vamos, que si hubieran podido evaluar su vida con mayor objetividad, probablemente, no se hubieran dejado vencer por el tormento de la angustia que les hizo caer en la desesperación de quitarse la vida. Y no le digo nada si hubieran llegado a tener el ánimo de leer al Sócrates del norte que precisó esa crucial diferencia entre angustia y desesperación. Y sé también que todo esto no deja de ser, desde luego, una simple impresión mía que estoy muy lejos de poder avalar con nada. Sin embargo, en este mismo sentir resulta incluso común que quienes tuvieron algún papel indirecto en un caso de suicidio guarden en su “yo con [o sin] ínfulas” la profunda convicción de que una simple conversación verdadera de ellos con el suicida hubiera podido cambiar drásticamente las cosas.

En cuanto a lo de que no le conste “que ninguna institución haya hecho una campaña seria, relevante y vigorosa contra el suicidio”, me parece que es lo lógico en una sociedad como la nuestra -y estoy de acuerdo en que tampoco las ha habido nunca mejores-, cómodamente instalada en la mentira de lo políticamente correcto. Y no sólo -que también- porque frente a programas específicos en salud mental, en medicina y psiquiatría, el gobierno prefiera invertir nuestros dineros en cosas tan superfluas como las que surgen de imposturas intelectuales como, por ejemplo, el pacto de civilizaciones. En parangón con lo que inveteradamente bien se sabe para el mero entierro humano de cualquiera -donde todos sirven salvo el enterrador-; ahora me refiero a otra cosa, me refiero al cálido papel de simple acercarmiento humano al futuro suicida, que -salvo el especialista cuando actúa como tal- cualquiera puede siempre desempeñar con éxito. Pero esto último, obviamente, no incumbe ya únicamente al gobierno, sino a la sociedad entera.

Recuerdo que fue Schopenhauer quien subrayó la verdad radical, que normalmente se pasa tan por alto, de que mayoritariamente  “la gente prefiere, con mucho, vivir mal a no vivir” y que, por muy mal que vayan las cosas, de manera abrumadora la gente -incluso la más desfavorecida- agradece casi siempre a sus padres que los hayan concebido. Tengo para mí que profundizar en este pequeño descubrimiento del pensador pesimista ayudaría, además de a tomar decisiones individuales –y jamás de unidades colectivas de decisión- más justas sobre cosas tan importantes como la política demográfica mundial, a concretar una educación basada en la búsqueda de la fuerza del carácter, y del coraje consecuente, para aguantarle la mirada a la muerte tiránica; lo que, a su vez, presiento daría armas al suicida para no llevar tan precipitadamente adelante su deseo compulsivo.

Onagro

Re: Quizá volverían / Materia Grix


Estimado Arcadi: hace exactamente una semana que mi vecino, de treinta recién cumplidos, ha puesto fín a su vida tras el cristal de la puerta que separa nuestro patio común aprovechando que estaba sólo en casa, con sus familiares de viaje. Deduzco que sus últimos pensamientos fueron para ellos por la deferencia de salir al exterior para no manchar dejando la puerta abierta por facilitar posteriores tareas forenses y su nota de últimas voluntades. Así ha sido someramente el ?qué?, el ?dónde? y el ?cuándo?. Lo que resta del ?quién? es privado, y del ?cómo? ya se ocupó la brigada científica. Ya sabes que en estos casos sólo hay dos clases de ?cómo?; en silencio o escandaloso. Mi mujer fue la primera en toparse de cerca con el resultado. Tuvo los reflejos suficientes para, aún antes de entender la situación, impedir el acceso a cuatro niños curiosos y asustados tras el trueno, aunque la retina del mayor, de once años, debió captar la escena en una instantánea de alta velocidad. La mecánica posterior es larga. Vecindad descompuesta, cuatro horas de abundante policía y trámite, cinco de limpieza y muchas más de repaso los días posteriores. Mi chaval una vez pasado el desconcierto/susto de la primera noche va encajando el rompecabezas día a día y gota a gota: - ¿pero qué ha pasado? - ¿papá por qué estabais todos tan raros? - ¿entonces era él? - ¿pero entonces, se ha muerto? - ¿cómo se ha podido caer? -¡qué pena! - ¿y qué hablaban los señores de una escopeta? - ¡Mamá, pero cuéntame que es lo que ha pasado! ?
Y es que anda detrás de la pregunta final, la pieza que cierra el puzle, esa que tú descartas de la práctica periodística y que sin embargo ante el hecho de un suicidio es la única que a todos interesa tal vez por no tener respuesta. Esa misma que, al igual que mi chico, tú mismo te planteabas implícitamente en el artículo del sábado.

Sigue con Salud.

Materia Grix

Re: Re: Relativismo / Gengis Kant

A don Rubén, que escribió hace días, entre otras cosas:

Dice Kant, Gengis:

“¿Qué me queda entonces? Nada más y nada menos que mis sensaciones, que de este modo han ganado una autonomía y suficiencia totales. Es verdad que toda percepción tiene un aspecto subjetivo (el acto de percibir) y otro objetivo (lo percibido), pero esa doble dimensión no debe ser confundida con los conceptos ontológicos y cosificados de yo y de mundo.”

Le rogaría que explicase este fragmento. Veo que quiere salir de un problema, pero no acabo de ver como sale.



Don Rubén, disculpe el retraso de mi respuesta, pero hasta ahora no he encontrado tiempo suficiente para intentar que la misma no lo decepcione demasiado.

Permita que comience recordando que el párrafo del que me pide una explicación forma parte de un comentario destinado a convencer a los realistas en asuntos epistemológicos, y a mí también, de que el realismo y el solipsismo no están tan lejos como parece. Con tal fin, partí de un solipsismo que se limitaba a negar, o a dudar de, la realidad de lo percibido. De ahí pasé a extender sus efectos deletéreos al perceptor. De ese modo quedaba puesta en entredicho, si no negada, la existencia de todo lo que damos por hecho que se manifiesta en la percepción: un objeto que, además de ser percibido, existe, y un sujeto que existe, además de dedicarse a percibir. Algo, ciertamente, quedó a salvo de esa maniobra propia de un escepticismo omnívoro. Por más que dude de la realidad no sólo del mundo sino también de mí, tengo que admitir que mis percepciones de eso que puede que sea irreal son reales

El paso más importante venía a continuación del párrafo que le incomoda. Consistía en mostrar cómo esa ampliación del escepticismo solipsista relativiza mucho eso de ser real o irreal. Cuando aún quedaba algo real que no fuera la percepción -a saber, yo-, era la comparación de la calidad ontológica (nula) del mundo, mi cuerpo incluido, con la mía (suficiente) la que me hacía echar en falta algo en el primero. Pero, cuando todo, fuera de la percepción, ha desaparecido, ¿comparando con qué realidad puedo dudar de la realidad de lo percibido? Tiene toda la que cabe tener: una realidad fenoméncia, superficial, empírica, sin que ya importe mucho si tras esa realidad hay otra más sustantiva y metafísica.

¿Pero - cabe insisitir- por qué, pudiendo llamar a todo eso ‘apariencia’, he optado por llamarlo ‘realidad’? Para distinguirlo de cosas empíricamente irreales como son los sueños, las fantasías, la ficción, etcétera, que no cumplen los requisitos de intensidad, regularidad y coherencia que permitiera admitir que están dotadas siquiera de existencia fenoménica. Las cosas que llamamos reales puede que sean metafísicamente irreales, pero son empíricamente reales por estar dotadas de esas cualidades de intensidad, etcétera; a diferencia de los sueños, que también son empíricamente irreales.

Bueno, tampoco las fantasías, y cosas así, son irreales del todo. Las percibimos, y eso basta para concederles algún grado de realidad. Sólo son irreales si las comparamos con las percepciones menos huidizas y descoloridas. Vea cómo, una vez más aunque en un terreno diferente, nos encontramos con una irrealidad relativa.

Si se acepta lo anterior, se verá también qué poco valor tienen muchas críticas a lo que ya ha dejado de ser exactamente solipsismo; por ejemplo, la de quienes se empeñan en objetar que, si creo en él, no debería provocar la mínima inquietud a mi conciencia hacer a los demás, unos inexistentes, unos don nadie, lo que me dé la gana, o que no debería dudar ni un instante si se me invita a tirarme desde la cima de un monte que no es real. Del hecho de que no tenga ninguna gana de hacer algo parecido concluyen los objetores que, a la hora de la verdad, o sea, según ellos, a la hora de actuar, me olvido de mi escepticismo. No caen tales críticos en la cuenta de que personas, montes y objetos como esos son tan (empíricamente) reales como yo, por lo que debo tomarme muy en serio mi trato con ellos.

Tampoco entienden que el solipsismo, como cualquier teoría filosófica, no puede tener ninguna consecuencia práctica. Por eso, si se encuentra Vd. con alguien que basa su conducta en una doctrina que estudia de lo real sólo lo que tiene de real y sin que importe el resto de sus cualidades, sepa que ese sujeto no ha comprendido nada de la doctrina que “inspira” su acción. La filosofía, tan dada a lo universal como inocua en sus efectos, deja a su paso todo como estaba.

Un saludo.

22 Nov 09

Re: ¡Qué va a importar la audiencia! / Harkaitz Mendia

Querido A:
Me encanta el compadreo que se trae con Sostres…es tan catalán eso! La representación de que, a pesar de ser opuestos ideológicamente se puede ser tan amiguitos del alma. Qué escándalo que le echen! Si era el más leído! La peor mierda de la TV suele ser la más vista. Yo no le perdono a Sostres su racismo asqueroso. Un día dijo que un gitano no podría ir a Via Véneto porque se tiraría pedos y robaría a los clientes. Esto en Euskadi sería impublicable, pero, ya ve UD, en Catalunya se toma en serio a alguien que escribe eso.Creo que es ése, precisamente ése uno de los peores síntomas de la decadencia de Catalunya. Pues yo toco flamenco, y he tratado mucho con gitanos de todo tipo, y, aparte de que es mentira lo afirmado por el payaso de Sostres (he ido con ellos a restaurantes también) envié su artículo a una asociación romaní para que le denunciaran. No lo han hecho, espero que estén trabajando en ello. Libertad de expresión no es que cada uno diga lo que le dé la gana. Si en su nuevo proyecto al que le deseo lo mejor colaborará este sujeto yo paso de suscribirme, y mire que tengo ganas de ello.
Y nada, lo siento pero este tipo me da asco físico e intelectual, y me jode que alguien al que admiro tanto como UD tome en serio a  Sostres. Vale menos que los trajes que lleva.(El)
Un abrazo y perdone el tono.
Arkaitz.

Re: El Bulli / Enrique Bertrand

Estimado Arcadi:   El combate entre:
Tournedo de canguro con higos secos y salsa de vino oloroso con cilantro sobre cama de cebollitas tiernas —-> 14,75€,
y:
calamar / liebre / pasión —-> 295€. Lasimplicidadsecompra.   Un cordial saludo,
Enrique Bertrand

Re: Quizá volverían / Rubén González

Estimado Espada,

El fenómeno del suicidio es complicado por varias razones. La principal la que expresa usted en el encabezado, es imposible tratarlo cuando se ha materializado. Usted advierte también otro problema, la dificultad de distinguir cuando el intento es sólo aparente o cuando es un intento verdadero. Otro problema: las rutas que llevan al mismo fin pueden ser múltiples: es muy diferente el suicidio típico de quien acaba de cometer un crimen horrendo (a veces se percibe este suicidio como un acto de cierta dignidad) del suicidio más romántico.

¿Qué se puede hacer? El psicoterapeuta italiano Giorgio Nardone aplica una técnica curiosa con pacientes que anuncian su intención de suicidarse. La verdad que no sabría decir si los pacientes de Nardone son verdaderos potenciales suicidas, aunque bien visto potenciales suicidas somos todas las personas que conocemos la posibilidad, usando el verso del poeta Ángel González diría que el suicidio es algo “sin interés alguno en niños, perros y otros animales”. A lo que voy, Nardone comenta al paciente que declara sus intenciones, que el suicidio es un acto de libertad y que nada hay más íntimo y personal que decidir sobre el límite de la propia vida. Nardone, sin embargo, pacta con el paciente que si libremente decide suicidarse le llame para despedirse. Cuando el paciente cae en un estado depresivo grave, efectivamente llama para comunicarle al terapeuta su intención, y entonces Nardone procede preguntando sobre cómo ha preparado su muerte, sobre cómo le gustaría que lo encontrasen sus familiares o conocidos o el servicio de emergencia cuando ya esté muerto. Le pregunta si ha pensado en algo sangriento o más bien aséptico y elegante, si prefiere que le encuentren sentado o tumbado, vestido o desnudo…entra en detalle, y sobre todo hace algo muy interesante, coloca al paciente en el momento posterior. Puede parecer una falta de respeto, pero Nardone, al menos aparentemente, se lo toma muy en serio. Es lo último que el paciente va a hacer, así que de hacerlo, hacerlo bien. Nardone relata que los pacientes acaban por escandalizarse o por rebelarse contra él o simplemente posponen sus planes, pero que siempre, hasta el momento, renuncian a matarse. Como decía, tengo dudas de si los pacientes de Nardone tienen verdaderas intenciones de suicidarse, pues al fin si llaman (esta podría ser la baza del terapeuta) puede pensarse que no lo tienen claro. Pero tampoco puede descartarse la intención verdadera, al fin es habitual que el suicida deje una carta, y cuando no la deja, quizás, es porque no tiene a quien dejársela. Pero sin entrar en mayores consideraciones hay algo que, a mi, me resulta realmente atractivo en esta técnica, y que a usted también le gusta en otros terrenos, que pone prosa en la poesía. ¿Qué se puede hacer? No se me ocurre algo mejor.

Saludos.—
Rubén González

21 Nov 09

Re: Quizá volverían / Jordi de la Torre

Hola,

Según el INE, entre 1999 i 2007 (últimos datos disponibles), la tasa de suicidios en España, para el total de la población, se redujo en un 10%. Para el segmento de edad entre 10 y 25 años, la reducción fue del 36%.

Un saludo, Jordi de la Torre.

Re: Quizá volverían / Borja Martínez


Hola Arcadi,

en la actualidad, desde jovencitos estamos sometidos a infinidad de discursos profilácticos generados por las administraciones que muchas veces suenan a puro y vetusto higienismo. Sinceramente, si los políticos están tan preocupados por los ‘asuntos sociales’ (como para poner, por ejemplo, a Extremadura a la vanguardia de las investigaciones mundiales en masturbación), no cuadra que al menos no les apetezca ensayar una ‘intervención’ en el asunto del suicidio. El riesgo de la trivialidad y el ridículo están ahí, ¿pero desde cuándo eso les ha disuadido? “Salvar vidas”, sin embargo… ¡eso entusiasma al político! Es extraño. Quizá lo que pasa es que el suicida todavía no merece ser enterrado ‘en sagrado’.

No sé si conoces ‘El dios salvaje’ de Al Alvarez (Emece, 2003). A mi juicio es una prospección estupenda del tema. Y con el caso tremendo de Sylvia Plath como eje explora la vinculación vieja del suicidio con la literatura.

Un saludo.

Alta política / Enrique Bertrand

Estimado Arcadi:

Todos los días una lucecita permanece encendida en la Moncloa hasta bien entrada la noche. Nuestro presidente no descansa en su propósito de trasladar a Europa el modelo de representación política que con tantísimo éxito y, todo hay que decirlo, con la desinteresada colaboración de diez millones de conciudadanos,  ha implantado en España. Justo ahora empieza a recoger los frutos de su infatigable actividad en las sombras.

Muchos europeos se han quedado pasmados con la elección de la nueva cúpula comunitaria. En particular con el nombramiento de Catherine Asthon como jefa de su diplomacia: una persona de perfil político no ya bajo sino directamente subterráneo. Pero es que no conocen a Zapatero y su jugada maestra para colocar a un alter ego de su estatura al frente del gobierno europeo.  Ya el mismo jueves dijo a la salida de la cumbre: “Yo he llegado a presidente sin haber sido ministro ni ostentado ningún cargo ejecutivo”. Seguido de “Quizá tengamos que fortalecer la proyección internacional de Asthon”. ¿Por qué la eligieron, entonces? “Por su condición de socialista y mujer”. Zapatero, jactancioso, en estado puro. Sospechas.

El País nos lo aclara hoy: “Zapatero fue el muñidor del pacto sobre la alta representante”. Con su ya legendario método ”Negocie en 59 segundos” llegó a un acuerdo con Brown (seguramente por señas), que transmitió alborozado al resto de líderes de la Unión (seguramente por señas): “Decían que tendríamos que quedarnos a desayunar y no nos dio tiempo ni a terminar el café”.

¿Dudas sobre la baronesa Asthon? Fuentes cercanas al presidente declaran “Probablemente no sepa gran cosa sobre Irán, pero no le costará aprender”. Sólo les falto decir “en un par de tardes”. O, mejor “en una”. Al fin y al cabo es sólo la “ministra” de Exteriores, no la presidenta.

Con todo mi aprecio,
Enrique Bertrand

Re: Quizá volverían / Hermann Tertsch

Magnífico artículo. Sólo comentarte la vertiente cultural del suicidio. País de mayor índice y ciudad de mayor índice. En Europa, Budapest y después Viena. Y una cosa clave. En Alemania el suicidio se llama Selbstmord, suicidio o asesinato a sí mismo. En Viena se llama Freitod, que es muerte libre, literalmente.

Un abrazo, querido amigo.

Hermann.

Re: Muertas/os / J. Ainaud

El problema del concepte “violència de gènere” és que resulta tautològic:
la violència gairebé sempre és de gènere… masculí. Això explica, per
exemple, que el 92,02% de la població reclusa a Espanya siguin homes, i
només el 7,98% restant, dones.

Aquesta violència es canalitza a Espanya en proporció de 2 a 1 contra el mateix sexe que l’exerceix: els homes som botxins d’homes molt més que de dones. Per cert,
les dades de l’INE (Defunciones según la causa de muerte 2007) només parlen
de 348 morts l’any 2007 per “Agresiones (Homicidios)”, una xifra molt més baixa que les dades d’assassinats que se solen donar, i que s’explicaria perquè el que sol esmentar la premsa no són els casos provats d’homicidi o assassinat, sinó els procediments judicials incoats per presumpte homicidi o assassinat, que no tenen per què concloure que s’ha produït cap delicte. En definitiva, sembla que es mata menys gent del que se sol dir (i del que diu el Sr. Espada), a Espanya.

Això sí, si ens guiem per les xifres de l’INE, el 2007 van morir 121 dones i 227 homes
assassinats, gairebé 2 homes per cada dona. I de les 121 dones, 72 van ser
assassinades per les seves parelles o exparelles. Es pot separar clarament
aquest problema de violència domèstica del conjunt d’assassinats, que és on
trobem la veritable expressió de la violència del gènere/sexe masculí? Té
alguna utilitat veritable la distinció?

20 Nov 09

Re: Muertas/os / Marina Pino

Tengo mis dudas en reducir a cifras lo de Ciudad Juárez. En primer lugar, tú das un cifra de mujeres muertas en toda España, aquello sucede en un área más restringida, uan sola ciudad. El asesinato “entre machos”, sobre todo si en esa ciudad hay narcotráfico, puede ser por motivos distintos a la muerte de las mujeres. La mayoría de ellas no será mafiosa ni traficará con drogas, aunque algunas puedan hacerlo. En caso de violencia machista, aquí suele encontrarse al culpable. No aparecen en una sola ciudad tantos cadáveres de mujeres violadas, semienterradas y demás. Sin despreciar el dato sabido de las muertes violentas de varones, hay algo peculiar en el caso de las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez que aún no se ha aclarado, aunque LL indica una violencia contra la modernidad y la libertad de movimientos de muchas de esas mujeres, motivos que no inciden en la muerte de los hombres. Y es lógico que las mujeres nos preocupemos de nosotras, ya que al fin y al cabo, todas las muertes son obra de varones. Es decir: hombres matándose entre ellos, y de paso matando a las mujeres, que no matan a hombres, y en ambos casos por motivos distintos, que en uno sería de género y en otro, no. Una figura geométrica de lados desiguales.

Factual / Enrique Bertrand

Estimado Arcadi:
Hacía tiempo que no invertía 50€ con tanta satisfacción. Por ahí empieza mi naciente orgullo como miembro de una comunidad, que confío sea pronto numerosa y pujante. Una inversión de calado moral, nada compulsiva, completamente racional. ¡Ahí es nada! Hechos, jerarquizados, contrastados, por tan sólo 50€ al año. Periodistas trabajando al servicio de sus lectores, sin trampa ni cartón y con la verdad de los hechos como única red de seguridad, por tan sólo 50€ al año.
Y la imperiosa necesidad, personal incluso, de que vuestra iniciativa sea un éxito, para vosotros y para nosotros, los lectores.

Un caluroso abrazo y mis mejores deseos para todo tu equipo,
Enrique Bertrand

Re: Re: Relativismo / Rubén González

Dice Kant, Gengis:

“¿Qué me queda entonces? Nada más y nada menos que mis sensaciones, que de este modo han ganado una autonomía y suficiencia totales. Es verdad que toda percepción tiene un aspecto subjetivo (el acto de percibir) y otro objetivo (lo percibido), pero esa doble dimensión no debe ser confundida con los conceptos ontológicos y cosificados de yo y de mundo.”

Le rogaría que explicase este fragmento. Veo que quiere salir de un problema, pero no acabo de ver como sale.

A mi juicio se está tomando una posición que no es la adecuada, porque se quiere superar el dualismo yo-mundo haciendo girar el debate sobre una supuesta irrealidad del yo frente a una supuesta realidad del mundo. Pero lo subjetivo no es lo irreal frente a lo objetivo que es lo real. Lo subjetivo hace referencia al sujeto positivo, que es el que percibe, y la percepción lo es siempre de la realidad, como entiendo quiere hacernos ver de algún modo Gengis. Ahora bien, la percepción no deja de ser siempre realidad subjetiva (parcial), porque es la realidad vista desde una (o varias) perspectivas, la(s) del sujeto individual corpóreo. Lo que cabe oponer a subjetividad es objetividad, y la objetividad surje cuando conseguimos deshacernos de los puntos de vista particulares, relativos. Lo objetivo no es lo real, lo objetivo es lo verdadero. Y la verdad apunta ya, por ejemplo, al sujeto moral y no al sujeto meramente psicológico. Por eso cuando hablamos de percepción, apariencia y realidad conforman una falsa oposición. La oposición oportuna es la de apariencia y verdad, pero sólo por cuanto que las posiciones relativas del sujeto psicológico pueden contrastarse con la verdad objetibable, para lo cual es imprescindible que exista la realidad sin un tiempo o espacio propios, los objetos abstractos, que surgirán, por ejemplo, a través de las relaciones morales. El sujeto no miente, excepto que conozca la verdad, pero el sujeto puede confundir su perspectiva (su percepción) con la verdad. Cuando hablamos de irrealidad en el lenguaje cotidiano, nos referimos muchas veces al fenómeno de la apariencia.

Desde el punto de vista de la racionalidad animal podemos observar como hablar de la distinción entre un aspecto subjetivo y otro objetivo en el fenómeno de la percepción es un artificio. Lo que el animal percibe es lisa y llanamente una posibilidad, y la percibe, desde luego, porque se mueve siempre en el ámbito de lo real, que no en el ámbito de lo objetivo. Por eso hablar de la mente computacional es un sinsentido, porque la percepción no discrimina entre verdad y no verdad, sino entre posibilidad o no posibilidad: la posibilidad o no, por ejemplo, de echarle el guante a un sabroso bocado de carne. El mecanismo de contraste (que no de verificación) de una posibilidad no son los cálculos matemáticos, ni los juicios morales, sino las conductas, que son una parte indisociable del fenómeno perceptivo. El hombre, como animal que es, nunca se despoja completamente de la percepción, que además funciona de soporte imprescindible de la moralidad, pero la moralidad que él mismo ha construido encauza sus percepciones subjetivistas, y le permite distinguir ya entre verdad y mentira, verdad o apariencia, distinciones ya no meramente perceptivas. Pero en cuanto que sujeto perceptivo que no deja de ser, estas distinciones le permitirán tambien ejercer la posibilidad de mentir o de decir la verdad y la posibilidad de equivocarse o acertar en un juicio (precisamente porque “el mundo” es demasiado para la percepción).


Rubén González

Re: Re: Relativismo / Gengis Kant

Bil, me alegra saber de ti.

Me voy a ceñir, porque es lo que más me ha interesado de tu comentario, a tu referencia a la idea wittgensteiniana de que el solipsismo y el realismo coinciden. Yo diría que coinciden siempre que no estemos pensando en el solipsismo al uso, según el cual no hay nada fuera de mí. Los objetos externos, incluido entre ellos mi cuerpo, sólo serían fantasmas flotando en mi conciencia. Yo estaría, pues, a solas con mi mundo de apariencias. Advierte que ese solipsismo admite que hay algo real: yo. Ese yo -recuerda- no incluiría mi cuerpo, por lo que yo sería exclusivamente una realidad psíquica, un espíritu. Nos econtramos, entonces, con dos cosas: un mundo exterior inexistente (ateniéndonos al sentido reguroso de ‘existencia’) y un yo, este sí real aunque reducido a la condición de sujeto de percepciones, a soporte de la actividad psíquica. Si por realismo entendemos la afirmación de que existe el mundo corpóreo, independientemente de que lo conozcamos o no, el solipsismo descrito no puede ser realista.

Se ha objetado a menudo al defensor del solipsismo que su propia conducta contradice la teoría que dice sostener. ¿Por qué -se le ha dicho- ofreces la mano a una apariencia humana que jamás podrá tener noticia de tu gesto, o abres el paraguas cuando cae un simulacro de lluvia que no podrá mojarte? ¿No será porque crees que ambas cosas son algo más que una apariencia? Él responde que no tiene por qué claudicar ante el realismo, dado que es muy posible que la causa de esos movimientos tenga que ver con el hecho de que su cuerpo forma parte de un mundo que, no por meramente ilusorio, deja de ser un sistema regulado. Esta respuesta no es válida del todo porque no se le pregunta tanto por los movimientos de su cuerpo -tender su mano, abrir un paraguas- como por su decisión de ejecutar esos movimientos. Como se puede ver, el solipsista mezcla la irrealidad del mundo externo, cuerpo propio incluido, y la realidad de un acto psíquico, como es el de tomar una decisión.

¿Cómo se podría evitar la incongruencia de una respuesta real a un estímulo irreal? Una vuelta al viejo realismo ya no es posible, una vez despertada la duda sobre él mismo; pero cabe otra vía: la de -¿quién lo iba a pensar?- radicalizar el solipsismo. Recordaré una vez más, porque es un asunto crucial, que el yo psíquico, el alma de los viejos tiempos, sería real según el solipsismo. ¿Pero por qué he de considerar real algo que, si lo pienso bien, me es tan poco accesible como los cuerpos, entendidos como los soportes materiales, y sin embargo metafísicos, de las cosas que percibo? Ambas cosas, el mundo y el yo estudiados por la ontología, quedan fuera del alcance del conocimiento; más allá o más acá, pero al margen de él. ¿Qué me queda entonces? Nada más y nada menos que mis sensaciones, que de este modo han ganado una autonomía y suficiencia totales. Es verdad que toda percepción tiene un aspecto subjetivo (el acto de percibir) y otro objetivo (lo percibido), pero esa doble dimensión no debe ser confundida con los conceptos ontológicos y cosificados de yo y de mundo. Ahora bien, si yo no estoy ya solo, el solipsismo radical no puede ser llamado en rigor solipsismo.

Desaparecida la dicotomía consustancial a la doctrina solipsista, por haber convertido también al yo en una mera apariencia, deja de tener sentido la pregunta sobre la realidad o irrealidad del universo sensorial fuera del cual no ha quedado nada. ¿Por qué? Porque calificar un fenómeno de irreal sólo tiene sentido si hay algo real al que oponerlo, o, a la inversa, porque calificar un fenómeno de real sólo adquiere algún significado si su realidad brilla sobre un fondo de irrealidad. En la nueva perspectiva ya no hay modo de distinguir el solipsismo de un realismo, si no metafísico, al menos empírico, cosa que es sabida desde el siglo XVIII.

Un cordial saludo.